Alfombrado de papel
Aquella mañana, este joven adulto amaneció en
un estado emocional que él mismo sintió diferente. No coordinaba sus
decisiones; por momentos hacía una cosa, luego la dejaba. Se preparaba el
desayuno, anotaba tareas para hacer durante el día… todo de una manera
apresurada y nada completaba. Estaba pendiente, también, de lo que hacía su
esposa, que aún no se levantaba. En un intento de tantas idas y vueltas, quiso
ir a ver dónde estaba o por qué demoraba.
Ella trabajaba en la oficina de una empresa;
él era un trabajador cuentapropista de restauración e inmobiliaria. Como todas
las mañanas su esposa, casi sin tiempo, ya adelantaba por teléfono los
proyectos y conversaciones con compañeros de trabajo o su jefe. Era un “buen
día” apurado, y un beso de paso en la mejilla, casi por costumbre; él se sentía
un mueble más de la casa, alguien a quien ella esquivaba para no tropezar.
Sentado en la barra de la cocina, la esperaba con el desayuno para hablar dos
palabras, pero su esposa, sin prestarle mucha atención y bebiendo mientras daba
vueltas por la casa, le respondía a las apuradas, entrecortando la charla con
las llamadas de sus colaboradores. Él más no pudo hacer; así que, con cierto
enojo, balbuceó palabras truncas. Quedando solo tras el saludo de rutina, el
silencio lo acompañó hasta terminar de acomodar todo lo preparado para esa
pequeña reunión que casi nunca se podía concretar.
Los dos formaban una linda pareja: elegantes,
agradables en todos los sentidos. Pero tras lo que parecía normal, algo
empezaba a tramarse en el interior del joven esposo. Empezaron las dudas por la
poca atención de su mujer, por las horas de irse y las de llegar. Comenzó a
crecer en él algo que desconocía, que lo hacía sentir incómodo, turbado,
impaciente y hasta afligido por lo que pasaba en la relación. Salió de su casa
para ir al trabajo y, a las pocas cuadras, vio el auto de su esposa; ella
hablaba con otra persona, muy exacerbada. En un primer momento quiso detenerse,
pero algo le hizo cambiar la decisión —tal vez eran problemas del trabajo— y
siguió su camino observando por el espejo retrovisor.
Ese momento fue el que despertó una mala
sensación, un estado que lo volvió inseguro y vulnerable. Ya no era igual. Lo
que antes parecía automatismo, empezó a ser una angustia que no quería
enfrentar; no tenía la valentía de saber cuál era la verdad. Pero cada vez era
más oscuro para él. Parecía que ella estaba en otra relación y él, que la amaba
con un amor noble y sin manchas, no quería lastimar su corazón por una duda o
una inseguridad de su pasado.
Buscó formas de hablarle con simpleza y con
sinceridad, pero pesaba la incertidumbre y el dolor que sentía padecer. Tomó la
decisión de no decirle nada; de frente, no sentía las fuerzas de escuchar el
relato. Pasaron los días. En su cabeza, en su corazón y en su razón, lo único
que sentía era el silencio de los precipitados gritos por la verdadera razón.
Su delicadeza por cuidarla y no lastimarla por error lo hizo callar,
profundizando su gran tristeza. Fue entonces que, al llegar a su casa, tomó un
fibrón de su trabajo y unos papeles que tenía para decoración; los cortó
desparejos, casi como pergaminos.
Escribió cada uno como un camino a la verdad
—o su verdad, o la verdadera verdad—. Los fue poniendo desde la puerta,
separados unos de otros a una distancia relativa para que ella los fuera
encontrando. Los relatos y las confesiones fueron perfectamente escritos de
acuerdo a lo que él vivió; nada dejó por narrar, incluso lo que sintió mientras
lo hacía.
Su esposa llegó, como siempre, muy avanzada la
noche. Encontró ese alfombrado de papeles; se detuvo asombrada y, lentamente,
los fue levantando. Lo más impactante fue que, al llegar a los dos últimos
pergaminos, divisó a su esposo recostado de costado, abrazado a algo que no se
podía ver bien. Él dormía con la habitación a media luz. Su esposa se había
detenido, perpleja, sin saber cómo avanzar; pero la intriga la superó. Prendió
las luces para ver mejor y se encontró con una cruel y desgarradora escena: su
esposo, que la quería hasta morir, había intentado desgarrar su pecho y
arrancarse su corazón. El último pergamino que estaba a su lado, manchado por
la sangre, decía:
—Nunca quise saber cuál era tu verdadera vida
o lo que tú querías de la mía. Pero la mejor forma de demostrarte todo lo que
representabas para mí, era dejarte mi corazón… porque siempre fue tuyo.



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