jueves, 2 de abril de 2026

 Alfombrado de papel



Aquella mañana, este joven adulto amaneció en un estado emocional que él mismo sintió diferente. No coordinaba sus decisiones; por momentos hacía una cosa, luego la dejaba. Se preparaba el desayuno, anotaba tareas para hacer durante el día… todo de una manera apresurada y nada completaba. Estaba pendiente, también, de lo que hacía su esposa, que aún no se levantaba. En un intento de tantas idas y vueltas, quiso ir a ver dónde estaba o por qué demoraba.

Ella trabajaba en la oficina de una empresa; él era un trabajador cuentapropista de restauración e inmobiliaria. Como todas las mañanas su esposa, casi sin tiempo, ya adelantaba por teléfono los proyectos y conversaciones con compañeros de trabajo o su jefe. Era un “buen día” apurado, y un beso de paso en la mejilla, casi por costumbre; él se sentía un mueble más de la casa, alguien a quien ella esquivaba para no tropezar. Sentado en la barra de la cocina, la esperaba con el desayuno para hablar dos palabras, pero su esposa, sin prestarle mucha atención y bebiendo mientras daba vueltas por la casa, le respondía a las apuradas, entrecortando la charla con las llamadas de sus colaboradores. Él más no pudo hacer; así que, con cierto enojo, balbuceó palabras truncas. Quedando solo tras el saludo de rutina, el silencio lo acompañó hasta terminar de acomodar todo lo preparado para esa pequeña reunión que casi nunca se podía concretar.

Los dos formaban una linda pareja: elegantes, agradables en todos los sentidos. Pero tras lo que parecía normal, algo empezaba a tramarse en el interior del joven esposo. Empezaron las dudas por la poca atención de su mujer, por las horas de irse y las de llegar. Comenzó a crecer en él algo que desconocía, que lo hacía sentir incómodo, turbado, impaciente y hasta afligido por lo que pasaba en la relación. Salió de su casa para ir al trabajo y, a las pocas cuadras, vio el auto de su esposa; ella hablaba con otra persona, muy exacerbada. En un primer momento quiso detenerse, pero algo le hizo cambiar la decisión —tal vez eran problemas del trabajo— y siguió su camino observando por el espejo retrovisor.

Ese momento fue el que despertó una mala sensación, un estado que lo volvió inseguro y vulnerable. Ya no era igual. Lo que antes parecía automatismo, empezó a ser una angustia que no quería enfrentar; no tenía la valentía de saber cuál era la verdad. Pero cada vez era más oscuro para él. Parecía que ella estaba en otra relación y él, que la amaba con un amor noble y sin manchas, no quería lastimar su corazón por una duda o una inseguridad de su pasado.

Buscó formas de hablarle con simpleza y con sinceridad, pero pesaba la incertidumbre y el dolor que sentía padecer. Tomó la decisión de no decirle nada; de frente, no sentía las fuerzas de escuchar el relato. Pasaron los días. En su cabeza, en su corazón y en su razón, lo único que sentía era el silencio de los precipitados gritos por la verdadera razón. Su delicadeza por cuidarla y no lastimarla por error lo hizo callar, profundizando su gran tristeza. Fue entonces que, al llegar a su casa, tomó un fibrón de su trabajo y unos papeles que tenía para decoración; los cortó desparejos, casi como pergaminos.

Escribió cada uno como un camino a la verdad —o su verdad, o la verdadera verdad—. Los fue poniendo desde la puerta, separados unos de otros a una distancia relativa para que ella los fuera encontrando. Los relatos y las confesiones fueron perfectamente escritos de acuerdo a lo que él vivió; nada dejó por narrar, incluso lo que sintió mientras lo hacía.

Su esposa llegó, como siempre, muy avanzada la noche. Encontró ese alfombrado de papeles; se detuvo asombrada y, lentamente, los fue levantando. Lo más impactante fue que, al llegar a los dos últimos pergaminos, divisó a su esposo recostado de costado, abrazado a algo que no se podía ver bien. Él dormía con la habitación a media luz. Su esposa se había detenido, perpleja, sin saber cómo avanzar; pero la intriga la superó. Prendió las luces para ver mejor y se encontró con una cruel y desgarradora escena: su esposo, que la quería hasta morir, había intentado desgarrar su pecho y arrancarse su corazón. El último pergamino que estaba a su lado, manchado por la sangre, decía:

—Nunca quise saber cuál era tu verdadera vida o lo que tú querías de la mía. Pero la mejor forma de demostrarte todo lo que representabas para mí, era dejarte mi corazón… porque siempre fue tuyo.

 Orlando Mario Soverchia 

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