martes, 13 de enero de 2026

 Existencia confusa

 


Mi cuerpo lo percibo presente entre nubes y espacios no descifrados.

Camino en mi casa sin puertas, sin paredes, sin techo; como estar flotando en la nada de mi propia existencia, y con las ilusiones de todo ser humano; pero no lo pienso así. El recorrido es frágil, incómodo, sobrecargado. Siento que cada mañana al despertar, la vida me toma de la mano y obligatoriamente tengo que empezar a transitarla. Y como ella misma se autodenomina: difícil, complicada, sabiendo que tiene caminos y veredas de ambos lados que no son iguales y no siempre se puede llegar de la misma manera. Es donde mi cerebro se siente débil y perturbado por tener que elegir el rumbo a seguir.

Me grita con sus voces y ecos de mi propia reflexión. Tengo las ideas claras de que estoy en un mundo de bufones y titiriteros que juegan para alegrarme y suplir las horas de estancamiento en mis sentidos. Todo se confunde con el maltrato personal y el juicio incondicional del bienestar, para avanzar.

 

Pero llega tétrica y silenciosa, pero no menos bulliciosa: que es la noche. Ella me espera con ternura y apacigua a mis estados, abre sus brazos, me acobija como un niño indefenso. Pero de a poco voy percibiendo que me va abrazando y apretando cada vez un poco más; y es aquí cuando su rostro oscuro y enojado me toma de la mano y me obliga a seguirla sin condición y a tener los ojos abiertos, el corazón latiendo y las pulsaciones que se aceleran para hacerme agitar y abandonar el propósito de estar en mi descanso; para convertirlo en una montaña rusa de vértigos, pánicos, risas turbias y confundidas, esperando llegar al fin del recorrido de esas noches tan cortas de seis o siete horas , que se hacen penosas y pesadas, hasta sentir el silencioso llanto del dolor en mi cansado corazón.  

 

    

Orlando Mario Soverchia