viernes, 7 de noviembre de 2025

 LA RESPUESTA ETERNA DEL SILENCIO


Sentados uno frente a otro, nos tomamos de la mano, nos miramos a los ojos. Las sonrisas fueron mutuas. Recostaste la cabeza sobre tu hombro, me seguiste mirando sin pestañar.
Te observé con alegría, tristeza, miedo, y todo lo que produce un amor casi enfermizo. Me punzaba el pecho el saber que te alejabas, no entendía por qué me habías dicho que no podías estar más a mi lado. La tortura del pensamiento y el dolor se mezclaban e hicieron que mis ojos se pusieran brillosos. Respiré muy profundo como pude, con la voz entrecortada, y con miedo.
Te pregunté: “¿Y ya no me quieres?”.
Y tu respuesta fue eterna. El silencio acariciaba mi frente. Sentía que no quería escuchar lo que tus labios rojos expresarían. Apreté más fuerte tus manos, bajé la mirada hacia un costado, busqué refugio en esa flor que en otro momento era bella. Tuve frío, calor, ya no sabía qué sentía. O sí: desesperación al darme cuenta de que mi corazón empezaba a estar solo, de que mi cuerpo no estaría tocando el tuyo.
Confundido, enojado (y sin soltarte) desafiándote, reclamé por tu amor. Tu gesto fue uno solo: dejaste la sonrisa y la mirada tierna, y dibujaste la parquedad en un instante diciéndome: “No tengo amor, ya no me importa”.
Se paralizaron los sentidos, se aquietó el lugar. Nada se movía, solamente mis ojos sobre tu cara, mis manos ya solas en dos puños, con dolor. Callaste… Fríamente, mirabas mis vergüenzas producidas por mis sentimientos engañados. Mordí mis labios y tú nada decías.
La pausa hablaba con mi alma. Una turbulencia de conjeturas y explicaciones se expandían en mis entrañas. No sabía qué decirte, qué más preguntar. No quería culparte, pero no era la forma ni tampoco la manera (de terminar).
El silencio se puso a conversar con el tiempo que pasó, y todo seguía igual: yo parado frente a ti, tú sentada sin cambiar tu postura, y yo solo percibía tu indiferencia.
Caminé dos pasos hacia tu imagen, miré de un lado a otro para encontrarme con esa realidad, te pedí que me miraras. Mis palabras entrecortadas fueron: “¿Estás con otro?”. Y tu silencio volvió a hablar. Tardé en reaccionar, mentí a mi sospecha, queriendo escuchar un… NO, pero todo fue gritos callados de tu boca, con el brutal movimiento de tu cabeza de arriba abajo.
Quiero soledad, necesito quietud, espero piedad, para poder conversar en silencio con mi conciencia maltrecha, y esperar mi desalmado destino.
Orlando Mario Soverchia- YoAmor

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