domingo, 16 de febrero de 2025

 

                                          EL ABUELO

 

La vida es una narración, tiene una mayúscula y el punto final.

Pero hay principios y finales que narran los errores que lastiman.

Comenzamos siendo indefensos, inconscientes, dependientes y queridos.

Todo es mayúscula: tolerancia, palabras y enseñanza.

La supervivencia se va formando con historias, matices, sentimientos.

Todos advertimos y escribimos oraciones con nuestro recorrido.

Hasta que el papiro amarillento y gastado por el tiempo se va completando y poca tinta quedan ya, más las inseguridades del pulso.

He aquí que el ser humano llega a la vejez, y nadie quiere leer su existencia, porque aquí comienza la sencilla y cruel historia del abuelo.

 

En la actualidad, esta es una familia formada por el abuelo viudo y adulto mayor, pero con ciertas incapacidades. Tiene cuatro hijos, tres varones y una hija, que fue la segunda de los herederos. Él vivía en su propia casa solo, pero los inconvenientes que el tiempo nos arrastra empezaron los debates sobre que no podía seguir en su soledad. Esto llevó a muchas charlas entre ellos sin que el padre los escuchara. – ¡Así no lo podemos dejar, es un peligro!, - Si, pero yo no quiero que valla a un geriátrico, ni para que nos saquen manos los demás - Y bueno, pero en mi casa todos trabajamos, además tengo los chico como ustedes también… Todo se hizo una pausa, miradas cruzadas buscaban quién decía algo y pregonaba alguna solución. Y como casi siempre pasa, la historia apareció cuando su hija, siendo mujer y una de las mayores, teniendo lugar y no trabajaba, las miradas cómplices de los hermanos la señalaron como la indicada para que el papi se mude a vivir con ella. Así que sin reproches y desaprobaciones, se instaló y todos fueron los ingenieros de la solución pacífica que a la mayoría no les afectaba.

 

Por supuesto, el fin de semana, reunión de familia, todos a una hora estipulada del media día de domingo, época primaveral envejecida, por eso ya la temperatura empezaba a madurar. El anfitrión del lugar (la hija), responsable del cuidado y prepararlo, comenzaba a levantarlo muy temprano como a las 7.30 de la mañana para asearlo, irónica expresión, casi sin sentido para el anciano porque durante la semana eso no pasaba. Se encargó de prepararlo con mucha dedicación y así le quedaba tiempo para preparar todo para los invitados.  Después de llevarlo al baño y sentarlo en una silla de plástico, le tiraba agua con una jarra, el agua le erizaba la piel y sus músculos se tensaban, él casi sin poder moverse se estremecía por la caída sobre su cabeza y tratando de entender que su supuesta hija le hablaba en voz alta:”¡Refriégate mejor!”. Pero el abuelo apenas podía mover un poco la mano izquierda siendo diestro. Por suerte, apenas cinco minutos le alcanzaron para creer sentirse seco, aunque parte del cuerpo seguía húmedo. Primero le puso un calzoncillo largo, una camiseta de mangas largas con cuello redondo y botones, una chalina en el cuello, pues ese día, a esa hora de la mañana, había un poco de brisa, y una gorra por no tener pelo y para que no le hiciera mal el sol. Él, poco hablaba, casi nada, sus manos, arrugadas junto a sus dedos, sobre sus piernas, algún balbuceo con palabras cortas y poco entendibles.

 

Era apenas las 9,00 de esa mañana, lo sentó a la mesa y casi al instante le trajo un plato de acero inoxidable con sopa llena de vitaminas y verduras. El adelanto del almuerzo se realizaba en ese momento, porque después estarían todos y como algunas veces se le deslizaba algo de la comida y lo tenía que limpiar con una servilleta, no quería que los chicos y los demás vieran esa situación. Además todo fue muy acelerado; en veinte minutos, el viejito se tuvo que tragar, gustase o no, toda la comida en ese tiempo y sin poder decir casi nada.” LISTO” vamos. Lo sacó fuera de la casa, lo sentó en la punta del patio, lo arraigó como un árbol viejo y olvidado, apoyado sobre un tapial sin algo de sombra, para que mirara como jugarían los nietos a la pelota. Por supuesto, a nadie le importó la hora a la que lo llevaron y el tiempo que faltaba para las llegadas de los comenzales invitados semanalmente, de un acontecimiento periódico y hasta de hábitos familiares.

 

Todos llegaron demorados, pasado largo de las 13.00, porque la mayoría había estado reunida la noche anterior en otro lugar. Los nietos. Preocupados por correr detrás de la pelota, ni se dieron cuenta de ese viejo plantado en ese lugar como una cruel decoración del jardín. Cada tanto lo golpeaban con el balón y las risas conjuntas de los chicos que, según sus padres, comentaban: “Miren como se divierten con el abuelo”. ¡Imbéciles! No se entretenían, ni se daban cuenta que lo burlaban.  De pronto, uno de sus nietos con un grito quejoso y burlón dijo. “Mamá, mirá como se cagó y se meó el abuelo y no dijo nada… Las moscas lo rodeaban y se le metían en la nariz y la boca... Uf, ¡que olor!, no se puede estar acá, sáquenlo de aquí, vociferaban entre cara de asco y risas. Todos salieron al patio, con gestos de repulsión, se miraron uno con otro y se decían: “¡Y ahora qué hacemos?”. “A mí no me miren que no soporto eso”, otro con repulsa, comentó: “Pero como lo dejaron con este calor tanto tiempo…”. El reproche no se hizo esperar: Y bueno che, hubieras venido vos a vestirlo, yo estoy todo el día limpiándole el culo. Un tercero: “Bueno, dejen de discutir y lo que vamos a hacer es tirarle unos baldes de agua, así algo se limpia y después vemos si mi cuñado… ¿eh? “Che, que tengo que ver, el problema es de ustedes”. “Está bien, lo metemos con silla y todo bajo la ducha”. Al abuelo terminaron tirándole más agua con una manguera, como un automóvil, teniendo la ropa puesta, hasta que algo de su suciedad desapareciera. Luego le pusieron los pañales y a las 16:00 de la arde lo acostaron, porque decían que estaba cansado. Cansado de sentirse vapuleado, despreciado y humillado.

 

 Ese hombre gastado de sus narraciones había pasado de moda y ya, con poca visión, no podía poner el punto final, donde había escrito tanto de sus vivencias y del orgullo de sus hijos.

 

 

                  Orlando Mario Soverchia- YoAmor