lunes, 20 de abril de 2026

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 Cada día de mis días






Cada día que pasa me alcanza la vida. Me toca con sus compromisos, me empuja y me provoca. Me obliga a reaccionar de una u otra forma, y no sé si dejo que lo haga por curiosidad —por ver cómo actúa conmigo— o si soy el cobarde que no sabe enfrentarla; ese que no logra darse vuelta y responder con una actitud de fuerza, decisión y firmeza.

Tal vez, al principio, la subestimé. Me reí de lo que ella podría darme o quitarme, hasta que logró de mí un estado paranoico: el no saber qué quiero, cómo vivir o cómo planear mi rutina. Pero claro, ella no me deja pensar; no hallo el orden de la realidad entre tanto caos. ¿Quién soy? ¿Qué quiero? ¿Qué tengo? Si todo esto tuviera respuesta, no sé encontrarla ni buscarla con equilibrio armónico.

Siento la necesidad de desafiar mi conducta y narrar mi historia como una novela de ficción. Quiero reírme del pasado o, mejor aún, redoblar la apuesta con la que ella me arrinconó. Ahora puedo contar mi vida como una edición para un drama que nace de otro drama.

Me pregunto hasta dónde me permitiría escribir sobre mí, o desde dónde empezar. Me intriga. Me hace sentir débil de palabras al intentar transportar mis emociones a este papel, pero sigo dándome cuenta de que nunca tendré un día claro para el inicio, ni sabré cómo será el final.

Tal vez nunca empecé y nunca viví. Tal vez soy el sueño de otro ser o de otra vida, pero la verdad... ¡Es tan real! Encuentro amores y desamores, sonrisas y lágrimas, abstenciones y tentaciones. ¿Cómo saber si todo es real, si cada uno de mis días es, al mismo tiempo, todos los días y el primer día de mis razones?

 

                                    Orlando Mario Soverchia     

domingo, 19 de abril de 2026

 Mi Propio Reflejo

Me siento frente a la página y no busco la gloria de los grandes salones; me siento como quien se inclina sobre un viejo mueble para restaurarlo, con el respeto que merece lo que ha resistido el tiempo. Quito con cuidado el polvo de mis recuerdos para que vuelvan a brillar, porque he aprendido que la vida, a estas alturas, tiene una claridad que no necesita de adornos ni de palabras difíciles.

Escribo desde mi propio llano, con los pies bien puestos sobre la tierra, ahí donde los sentimientos caminan sin zapatos y se muestran tal cual son. Ya no le temo a mis errores ni a mis sombras; he descubierto que en esa falta de perfección es donde vive mi verdad más pura. Prefiero la emoción que vibra en el pecho a la rigidez de una regla literaria, porque mi compromiso no es con la estructura, sino con el lector que busca un refugio de honestidad.

Mientras dejo que la música me envuelva, sigo construyendo mis puentes. No son de piedra ni de acero, sino de versos simples que tiendo hacia los demás para que puedan cruzar hacia su propio corazón. Al final, me doy cuenta de que no solo estoy escribiendo historias: estoy dejando testimonio de que soy exactamente lo que escribo, sin dobleces, con la sencillez de quien ha hecho de la vida su mejor poema.

                                 Orlando Mario Soverchia  


         

viernes, 17 de abril de 2026

 Mi amor prohibido

 


Tu eras mi amor prohibido, eras por lo que había vivido.

Duele en mi alma tu conducta de mujer inocente, pero caprichosa.

Me pedías que la dejara para que demostrara que no eras la otra.

Aparté mis costumbres de estar con amigos  

y dediqué mis horas de esos permisos.

Jugué fantasías que tú prometías; que era tu amor y no cambiarías.

Abandoné esperanzas e ilusiones que mis hijos pedían.

Malgasté momentos en familia porque tú eras mi amor prohibido,

y ahora me confiesas que amor no es lo que sientes.

Me pides disculpas tomando distancia y confirmaste que nada existió…

 

Estiro mis brazos sin saber por qué, para comprender el momento,

y aquella imagen de ensueño se aleja para que se aproxime un delirio.

Confusión, desorden y tormento me abrazan para que llore.

Me siento tonto, me siento sucio, me siento solo;

casi sin saber lo que siento, estoy en la nada de mi vida.

Y lo que eras, mi amor prohibido, ahora eres un prohibido amor.

 

Orlando Mario Soverchia     

jueves, 16 de abril de 2026

 Por esa mujer

 


Mujer bella y delicada en su ser, todo tenía en su vida y en su andar. A su favor estaba todo lo más lindo de su existencia; derrochaba alegría sin querer. Sentía su mundo libre para vivir, pero los sentimientos, sin saber por qué, un día sintieron el llamado de otra realidad.

 

Aquel hombre, floreció de un abrir y cerrar de ojos, colmó su alma, extravió su mirada por sentirse impactada. Toda en ella se convirtió en una sinfonía de suspiros. Quiso hacer su saludo, y solo un simple “hola” fue su accionar. Sintió que era el sentimiento por el que pensar; juntó fuerzas, entregó la sonrisa más hermosa que se había podido ver, y le alcanzó para conquistar a aquel andante caballero.

 

Se sintió niña en su transitar, mujer en su seducción, dedicándole todo a ese amor.

Ella se concentró en aquella figura del macho cabrío. Ese hombre precioso para su gusto, la hacía sentir señora. Cada día que pasaba adoraba los ojos por su mirada,

los labios por sus besos, las manos por sus caricias, y su cuerpo, por cuanto le hacía sentir en su lecho de pasión.

 

Todo lo entregó sin condición; su corazón fue sacado de su pecho; los pensamientos por él fueron su razón de vida, y todo de ella se hizo él. Nada ni nadie podría cambiar ese estado que llegó a sentir,

pero nunca imaginó que todo lo que vivía, todo lo que sentía, en un instante de aquel segundo preciso, ese caballero andante y hombre fatal le decía que no podría seguir a su lado, porque otra mujer, sin saber por qué, había conquistado ese amor que había tenido por ella.

 

Todo se hizo oscuro, todo dejó de existir, la vida ya no valía. Dejó sus sueños en un rincón, no comía para no seguir viviendo. Desaliñada y triste, levantaba ese cuerpo maltrecho y golpeado. Miraba su piel desquebrajada, sus ojos fatigados por no dormir, su pelo narraba desorden y su alma abatida por tanto dolor. Su tiempo en años se había doblegado; no quería seguir viviendo. Las horas, detenidas en agonías estúpidas, consumían su nostálgica belleza, porque los tiempos creídos conquistados, fueron robados sin pedir permiso.

Por esa mujer.

 

Orlando Mario Soverchia

martes, 14 de abril de 2026

 Mujer de los recuerdos

 


¿Dónde estás, muchacha, con tus jóvenes 50 años?

Tu imagen no se detiene ante la vida, pero sí tu mirada.

Dejas que el tiempo pase y lo sigues con mucha pasión.

Nada le pides ahora, ya que mucho te ha quitado.

Y nada necesitas ahora, más que nuevos amores tiernos.

Sueltas tus movimientos y la fatiga para jugar con ellos.

 

Tus ojos están ahí, como siempre, grandes y llenos de luz.

Tu corazón, pisoteado como las hojas de otoño en la vereda de tu vida,

lo alejas de tus intentos sensibles mal reconocidos.

Cada estado del tiempo, muere una y otra vez, cuando ya no te veo.

Siento espacios muy lejanos sin persistencia, logrando malos vientos.

Estoy a tu lado con mi esperanza casi vencida, pero llega la vergüenza

que no me deja pensar que todo fue real y no un sueño.

 

¿Cómo te siento en mis brazos sin saber qué es lo que piensas?

Sin embargo, abrigo el calor de tu cuerpo junto al mío,

y mis manos acariciando tu cintura y tu piel, sintiendo

el erizo derramándose por doquier y tu boca deja vencer

mi locura, que habla para la nada y lo invisible del sentimiento.

Deja la sorpresa y la confusión en mi mente ya reposada,

pero nada se aleja sin que tu imagen y tus recuerdos

vuelvan a mí a cada instante ante mi soledad,

y acompañen con tu figura imaginaria las caricias del amor.

 

Orlando Mario Soverchia

miércoles, 8 de abril de 2026



 

 Arrepentido

 


Sentado en los sentimientos golpeados y marchitos,

tu recuerdo emergió como un faro en la oscuridad.

Comencé a deshojar los tiempos vividos y sentidos.

Muchos quedaron sueltos por no querer tenerlos conmigo,

pero sin darme cuenta, quedaste tú, mezclada en mis dedos.

Me detuve en repasos piadosos… en los que he creído.

 

Lograste quitarme la letanía de tantas épocas.

Hiciste que mi alma se sienta mimada de tiernos momentos,

y acosté tu cuerpo en la imaginación de volverte a tener.

Acaricié tu figura con mis ojos llenos de lágrimas, por ser un pasado.

Canté una canción de cuna de aquellos sueños que tuve a tu lado.

 

Imaginé tus manos en mi pecho, de tantas noches vividas.

Recordé la calidez de nuestra desnudez y las risas que escapaban

de nuestros labios mientras nos fundíamos en un abrazo despreocupado.

Solo eran nuestras vidas, juntos, alegres, deseosos.

 

Tus besos caminaban mi espalda, mi boca mordía tus nalgas.

Hablé con tu embrujo de mujer fatal y todavía me seducía.

Siento tus pechos sobre mi piel, y tus pezones acarician mi ser.

 

Quiero encontrarte de vuelta en mi soledad desesperada,

necesito decirle a tu corazón que aún lo amo sin condición,

porque ahora, en estos momentos de mis tiempos, estoy…arrepentido,

como un náufrago aferrado a un recuerdo que se desvanece entre mis manos.


    Orlando Mario Soverchia


 Atardecer...

 


Estoy erguido y desolado ante este día mutilado,

no sabiendo qué hacer o dónde volcar mis penas.

Siento mi alma solitaria y extraviada;

mirando nada y todo, recuesto mis pensamientos.

 

Descansa la imaginación en la lejanía de un horizonte apacible,

me relajo mansamente confesando sentimientos magros.

mi mente recorre el pasado y mi corazón extraña lo amado.

Se entrecorta la mirada entre árboles remolones,

danzando suavemente por los mimos de una tenue brisa.

 

Los pájaros cantan sus sentimientos,

trayéndome a mí aquellos momentos.

El crepúsculo acariciando el final,

dejándome solo y abandonado.

 

Grito mi silencio y nadie lo escucha,

canto mi tristeza aburriendo a la audiencia.

Lentos y perezosos corretean mis sueños,

recostados en vagas esperanzas,

sintiéndome dueño de amantes nostalgias.

 

Juegan mis fantasías en aquella lejanía,

Revolcando angustias en una bruma de suave llovizna.

El día termina, dando vueltas en mi destino evoco lo vivido.

Eludo el presente y alejo el futuro

Cuando me acongoja este atardecer injusto.

 

Deseo ser libre en la penumbra de esta tarde envejecida

y sentir en mi rostro caricias de un creciente día.

Los deseos y vergüenzas se abrazan sin razonar,

cuando el delirio de mi imaginación cae rendido

en este atormentado atardecer pasional.

 

Orlando Mario Soverchia 

jueves, 2 de abril de 2026

 Alfombrado de papel



Aquella mañana, este joven adulto amaneció en un estado emocional que él mismo sintió diferente. No coordinaba sus decisiones; por momentos hacía una cosa, luego la dejaba. Se preparaba el desayuno, anotaba tareas para hacer durante el día… todo de una manera apresurada y nada completaba. Estaba pendiente, también, de lo que hacía su esposa, que aún no se levantaba. En un intento de tantas idas y vueltas, quiso ir a ver dónde estaba o por qué demoraba.

Ella trabajaba en la oficina de una empresa; él era un trabajador cuentapropista de restauración e inmobiliaria. Como todas las mañanas su esposa, casi sin tiempo, ya adelantaba por teléfono los proyectos y conversaciones con compañeros de trabajo o su jefe. Era un “buen día” apurado, y un beso de paso en la mejilla, casi por costumbre; él se sentía un mueble más de la casa, alguien a quien ella esquivaba para no tropezar. Sentado en la barra de la cocina, la esperaba con el desayuno para hablar dos palabras, pero su esposa, sin prestarle mucha atención y bebiendo mientras daba vueltas por la casa, le respondía a las apuradas, entrecortando la charla con las llamadas de sus colaboradores. Él más no pudo hacer; así que, con cierto enojo, balbuceó palabras truncas. Quedando solo tras el saludo de rutina, el silencio lo acompañó hasta terminar de acomodar todo lo preparado para esa pequeña reunión que casi nunca se podía concretar.

Los dos formaban una linda pareja: elegantes, agradables en todos los sentidos. Pero tras lo que parecía normal, algo empezaba a tramarse en el interior del joven esposo. Empezaron las dudas por la poca atención de su mujer, por las horas de irse y las de llegar. Comenzó a crecer en él algo que desconocía, que lo hacía sentir incómodo, turbado, impaciente y hasta afligido por lo que pasaba en la relación. Salió de su casa para ir al trabajo y, a las pocas cuadras, vio el auto de su esposa; ella hablaba con otra persona, muy exacerbada. En un primer momento quiso detenerse, pero algo le hizo cambiar la decisión —tal vez eran problemas del trabajo— y siguió su camino observando por el espejo retrovisor.

Ese momento fue el que despertó una mala sensación, un estado que lo volvió inseguro y vulnerable. Ya no era igual. Lo que antes parecía automatismo, empezó a ser una angustia que no quería enfrentar; no tenía la valentía de saber cuál era la verdad. Pero cada vez era más oscuro para él. Parecía que ella estaba en otra relación y él, que la amaba con un amor noble y sin manchas, no quería lastimar su corazón por una duda o una inseguridad de su pasado.

Buscó formas de hablarle con simpleza y con sinceridad, pero pesaba la incertidumbre y el dolor que sentía padecer. Tomó la decisión de no decirle nada; de frente, no sentía las fuerzas de escuchar el relato. Pasaron los días. En su cabeza, en su corazón y en su razón, lo único que sentía era el silencio de los precipitados gritos por la verdadera razón. Su delicadeza por cuidarla y no lastimarla por error lo hizo callar, profundizando su gran tristeza. Fue entonces que, al llegar a su casa, tomó un fibrón de su trabajo y unos papeles que tenía para decoración; los cortó desparejos, casi como pergaminos.

Escribió cada uno como un camino a la verdad —o su verdad, o la verdadera verdad—. Los fue poniendo desde la puerta, separados unos de otros a una distancia relativa para que ella los fuera encontrando. Los relatos y las confesiones fueron perfectamente escritos de acuerdo a lo que él vivió; nada dejó por narrar, incluso lo que sintió mientras lo hacía.

Su esposa llegó, como siempre, muy avanzada la noche. Encontró ese alfombrado de papeles; se detuvo asombrada y, lentamente, los fue levantando. Lo más impactante fue que, al llegar a los dos últimos pergaminos, divisó a su esposo recostado de costado, abrazado a algo que no se podía ver bien. Él dormía con la habitación a media luz. Su esposa se había detenido, perpleja, sin saber cómo avanzar; pero la intriga la superó. Prendió las luces para ver mejor y se encontró con una cruel y desgarradora escena: su esposo, que la quería hasta morir, había intentado desgarrar su pecho y arrancarse su corazón. El último pergamino que estaba a su lado, manchado por la sangre, decía:

—Nunca quise saber cuál era tu verdadera vida o lo que tú querías de la mía. Pero la mejor forma de demostrarte todo lo que representabas para mí, era dejarte mi corazón… porque siempre fue tuyo.

 Orlando Mario Soverchia