Mi Propio Reflejo
Me siento frente a la página y no busco la
gloria de los grandes salones; me siento como quien se inclina sobre un viejo
mueble para restaurarlo, con el respeto que merece lo que ha resistido el
tiempo. Quito con cuidado el polvo de mis recuerdos para que vuelvan a brillar,
porque he aprendido que la vida, a estas alturas, tiene una claridad que no
necesita de adornos ni de palabras difíciles.
Escribo desde mi propio llano, con los pies
bien puestos sobre la tierra, ahí donde los sentimientos caminan sin zapatos y
se muestran tal cual son. Ya no le temo a mis errores ni a mis sombras; he
descubierto que en esa falta de perfección es donde vive mi verdad más pura.
Prefiero la emoción que vibra en el pecho a la rigidez de una regla literaria,
porque mi compromiso no es con la estructura, sino con el lector que busca un
refugio de honestidad.
Mientras dejo que la música me envuelva, sigo
construyendo mis puentes. No son de piedra ni de acero, sino de versos simples
que tiendo hacia los demás para que puedan cruzar hacia su propio corazón. Al
final, me doy cuenta de que no solo estoy escribiendo historias: estoy dejando
testimonio de que soy exactamente lo que escribo, sin dobleces, con la
sencillez de quien ha hecho de la vida su mejor poema.
