Mujer
bella y delicada en su ser, todo tenía en su vida y en su andar. A su favor
estaba todo lo más lindo de su existencia; derrochaba alegría sin querer. Sentía
su mundo libre para vivir, pero los sentimientos, sin saber por qué, un día sintieron
el llamado de otra realidad.
Aquel
hombre, floreció de un abrir y cerrar de ojos, colmó su alma, extravió su
mirada por sentirse impactada. Toda en ella se convirtió en una sinfonía de
suspiros. Quiso hacer su saludo, y solo un simple “hola” fue su accionar. Sintió
que era el sentimiento por el que pensar; juntó fuerzas, entregó la sonrisa más
hermosa que se había podido ver, y le alcanzó para conquistar a aquel andante
caballero.
Se
sintió niña en su transitar, mujer en su seducción, dedicándole todo a ese
amor.
Ella
se concentró en aquella figura del macho cabrío. Ese hombre precioso para su
gusto, la hacía sentir señora. Cada día que pasaba adoraba los ojos por su mirada,
los
labios por sus besos, las manos por sus caricias, y su cuerpo, por cuanto le
hacía sentir en su lecho de pasión.
Todo
lo entregó sin condición; su corazón fue sacado de su pecho; los pensamientos
por él fueron su razón de vida, y todo de ella se hizo él. Nada ni nadie podría
cambiar ese estado que llegó a sentir,
pero
nunca imaginó que todo lo que vivía, todo lo que sentía, en un instante de
aquel segundo preciso, ese caballero andante y hombre fatal le decía que no
podría seguir a su lado, porque otra mujer, sin saber por qué, había conquistado
ese amor que había tenido por ella.
Todo
se hizo oscuro, todo dejó de existir, la vida ya no valía. Dejó sus sueños en
un rincón, no comía para no seguir viviendo. Desaliñada y triste, levantaba ese
cuerpo maltrecho y golpeado. Miraba su piel desquebrajada, sus ojos fatigados
por no dormir, su pelo narraba desorden y su alma abatida por tanto dolor. Su
tiempo en años se había doblegado; no quería seguir viviendo. Las horas,
detenidas en agonías estúpidas, consumían su nostálgica belleza, porque los
tiempos creídos conquistados, fueron robados sin pedir permiso.
Por
esa mujer.
Orlando Mario Soverchia
