martes, 2 de septiembre de 2025

 

 

                                          CRÓNICA DE UN AMOR SIN PASIÓN

                                                     


Te conocí por destino fortuito; desatendí tu figura y seguí mi camino con cierto aire de libertad.

Nada me hacía pensar que tú me observabas, tampoco quería conocerte; no estaba en mí espacio

para otra persona en mi vida. Solo habitaban mis nostalgias y sentimientos maltratados de un pasado,

donde esas memorias me  trasladaban a revivir errores, sanar tristezas y volver a reír.

 

Pero apareciste tú con mirada seria, grandes ojos negros, tus labios carnosos color grana; tu sonrisa apenas entreabría la boca, tus mejillas marcaban tu piel rosada y tu pelo largo y negro hasta la

cintura fotografiaba a una bella mujer. Sentí tu voz cálida, severa y, sin embargo, débil para reafirmar tu existencia.

 

Contaste tu historia casi sin pensar: con vergüenza, dolor y bronca, narraste tu vida llena de vivencias, y Fue entonces cuando comprendí que nunca supiste amar; solo fueron ecos de un querer.

 

 Pretendías protección, escapar de lo que no habías elegido. La vida te brindó un sentimiento de paz, no un amor con pasión, ese amor capaz de hacerte sentir plenamente mujer, Jugaste la partida con fichas ajenas.

 

Creíste que eras dueña de la verdad y de la razón, pero la vida impidió que ese hombre angelical, incapaz de darse cuenta que no te ayudaba, solo satisficiera sus propios deseos. El destino lo hizo partir para liberar sus errores y corregir tus desórdenes, dejándote desorientada y sin saber qué camino tomar.

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No dejaste que la soledad viviera en ti por un tiempo; y por ser joven y bonita, se acercó el hombre prohibido. El tiempo los quiso juntos, tuvieron hijos que muchos negaron o rechazaron, y la vergüenza y de no poder negarlo más, aquel hecho acordonó la responsabilidad.

 

Volviste a creer en un amor imposible, aunque él venía de un profundo desconsuelo, de un engañó y necesitaba cubrir su alma con tu belleza; tú, en cambio, encontrabas en él una aparente estabilidad.  Supuestamente era la mejor persona que sé te había presentado. Pero cometiste un grave error: te manipuló, descubrió tu frágil convicción, condicionó tu familia y tu vida, deseó tu muerte e incluso lucró con lo tuyo por su despiadada avaricia.

 

 Lo más grave fue que nunca te supo amar, porque amar no es solo el placer del sexo y esperar el final. Amar es oler tu piel, acariciar tu pelo y tu cuello, besar como si fuera la primera y última vez, cuidarte en los más mínimos detalle, velar por que no sufras ni llores, reír juntos.

 

El destino quiso que nada de lo planeado jugara con tus memorias y la soledad te alcanzó. El miedo a la vejez, con apenas cuatro décadas cumplidas, te llevó a especular con hombres maduros que te hacían sentir más joven.  Solo pensabas en ti; querías demostrar que tu amor valía más, y tejías nuevas ilusiones.

 

Brincabas con tus tiempos y con los demás, siempre justificando que jamás habías conocido un querer verdadero. Te sentías única, pero esa forma de actuar iba forjando un yo desagradable, poco comunicativo, sin intimidad amor. Cambiabas sentimientos para crear etapas de amores inventados.

 

Pero amar no es solo decirlo; es mirar a los ojos sin pronunciar una palabra, dejar que las lágrimas expresen alegría, admirar cada facción y creer que la sonrisa nunca termina. Amar es sentir los labios del otro, cuando cada abrazo equivale a tener la luna en tus manos.

Por eso nunca supiste lo que es amar ni supiste hacerlo, con ternura y pasión.

                                                     Orlando Mario Soverchia- YoAmor