Carta de un deseo
Alguna vez me pregunté cuánto tiempo debía dedicar
a una persona para hacerla sentir bien. Hoy sé que no hay medida: es,
simplemente, cuando te necesitan.
No es un secreto lo que escribo, pero sí es
necesario pensarlo. Es curioso entender que uno puede ser importante para
quienes están débiles de ánimo. Ironía la mía... porque son más mis momentos de
flaqueza que los consuelos que alcanzo a ofrecer.
No soy un ser perfecto; convivo con mis defectos y
debilidades. A veces no alcanzo a distinguir dónde empieza mi propia
injusticia, o si el otro está sufriendo más que yo. Es ahí donde nacen los
desencuentros. No quiero incomodar a nadie, y por esa misma razón, siempre
terminan reflotando mis conflictos interiores.
Me siento desorientado con lo que me sucede
contigo. Hubo un tiempo en que sentí que te hacía bien, acompañándote con
sensibilidad. Quizás, a veces, transgredí tu forma de ser porque sentía que
debías soltarte de esos tabúes que, en este mundo supuestamente liberado, solo
te hacían daño.
Quiero que sepas que, de alguna forma, sigo a tu
lado. Quiero acompañarte en lo que necesites, siempre que el destino me lo
permita. Deseo que sientas lo que yo siento cuando imagino liberarme contigo;
es mi forma de escapar a lo estructurado, a eso que tanto estorba en esta vida
complicada.
Cuando te envié aquello que deseaba, cuando te dije
que tenía ganas de vos, sentí que estaba arriesgando demasiado. Al escribirlo
me asustaba lo trasgresor, pero a la vez, me hacía sentirte más cerca. Por eso
volví a enviarlo: porque el deseo es el mismo, siempre.
Escribir esto me ayuda a identificarme con lo que
me pasa. Por eso, cierro con esta confesión: estoy ilusionado en tu querer.
Orlando Mario Soverchia