PENSAMIENTOS DEL ALMA
lunes, 20 de abril de 2026
Cada día de mis días
Cada día que pasa me alcanza la vida. Me toca con sus compromisos, me empuja
y me provoca. Me obliga a reaccionar de una u otra forma, y no sé si dejo que
lo haga por curiosidad —por ver cómo actúa conmigo— o si soy el cobarde que no
sabe enfrentarla; ese que no logra darse vuelta y responder con una actitud de
fuerza, decisión y firmeza.
Tal vez, al principio, la subestimé. Me reí de lo que ella podría darme o
quitarme, hasta que logró de mí un estado paranoico: el no saber qué quiero,
cómo vivir o cómo planear mi rutina. Pero claro, ella no me deja pensar; no
hallo el orden de la realidad entre tanto caos. ¿Quién soy? ¿Qué quiero? ¿Qué
tengo? Si todo esto tuviera respuesta, no sé encontrarla ni buscarla con
equilibrio armónico.
Siento la necesidad de desafiar mi conducta y narrar mi historia como una
novela de ficción. Quiero reírme del pasado o, mejor aún, redoblar la apuesta
con la que ella me arrinconó. Ahora puedo contar mi vida como una edición para
un drama que nace de otro drama.
Me pregunto hasta dónde me permitiría escribir sobre mí, o desde dónde
empezar. Me intriga. Me hace sentir débil de palabras al intentar transportar
mis emociones a este papel, pero sigo dándome cuenta de que nunca tendré un día
claro para el inicio, ni sabré cómo será el final.
Tal vez nunca empecé y nunca viví. Tal vez soy el sueño de otro ser o de
otra vida, pero la verdad... ¡Es tan real! Encuentro amores y desamores,
sonrisas y lágrimas, abstenciones y tentaciones. ¿Cómo saber si todo es real,
si cada uno de mis días es, al mismo tiempo, todos los días y el primer día de
mis razones?
Orlando Mario Soverchia
domingo, 19 de abril de 2026
Mi Propio Reflejo
Me siento frente a la página y no busco la
gloria de los grandes salones; me siento como quien se inclina sobre un viejo
mueble para restaurarlo, con el respeto que merece lo que ha resistido el
tiempo. Quito con cuidado el polvo de mis recuerdos para que vuelvan a brillar,
porque he aprendido que la vida, a estas alturas, tiene una claridad que no
necesita de adornos ni de palabras difíciles.
Escribo desde mi propio llano, con los pies
bien puestos sobre la tierra, ahí donde los sentimientos caminan sin zapatos y
se muestran tal cual son. Ya no le temo a mis errores ni a mis sombras; he
descubierto que en esa falta de perfección es donde vive mi verdad más pura.
Prefiero la emoción que vibra en el pecho a la rigidez de una regla literaria,
porque mi compromiso no es con la estructura, sino con el lector que busca un
refugio de honestidad.
Mientras dejo que la música me envuelva, sigo
construyendo mis puentes. No son de piedra ni de acero, sino de versos simples
que tiendo hacia los demás para que puedan cruzar hacia su propio corazón. Al
final, me doy cuenta de que no solo estoy escribiendo historias: estoy dejando
testimonio de que soy exactamente lo que escribo, sin dobleces, con la
sencillez de quien ha hecho de la vida su mejor poema.
viernes, 17 de abril de 2026
Mi amor prohibido
Tu eras mi amor
prohibido, eras por lo que había vivido.
Duele en mi
alma tu conducta de mujer inocente, pero caprichosa.
Me pedías que
la dejara para que demostrara que no eras la otra.
Aparté mis
costumbres de estar con amigos
y dediqué mis horas
de esos permisos.
Jugué fantasías
que tú prometías; que era tu amor y no cambiarías.
Abandoné esperanzas
e ilusiones que mis hijos pedían.
Malgasté
momentos en familia porque tú eras mi amor prohibido,
y ahora me
confiesas que amor no es lo que sientes.
Me pides
disculpas tomando distancia y confirmaste que nada existió…
Estiro mis
brazos sin saber por qué, para comprender el momento,
y aquella
imagen de ensueño se aleja para que se aproxime un delirio.
Confusión,
desorden y tormento me abrazan para que llore.
Me siento
tonto, me siento sucio, me siento solo;
casi sin saber
lo que siento, estoy en la nada de mi vida.
Y lo que eras,
mi amor prohibido, ahora eres un prohibido amor.
Orlando Mario Soverchia
jueves, 16 de abril de 2026
Mujer
bella y delicada en su ser, todo tenía en su vida y en su andar. A su favor
estaba todo lo más lindo de su existencia; derrochaba alegría sin querer. Sentía
su mundo libre para vivir, pero los sentimientos, sin saber por qué, un día sintieron
el llamado de otra realidad.
Aquel
hombre, floreció de un abrir y cerrar de ojos, colmó su alma, extravió su
mirada por sentirse impactada. Toda en ella se convirtió en una sinfonía de
suspiros. Quiso hacer su saludo, y solo un simple “hola” fue su accionar. Sintió
que era el sentimiento por el que pensar; juntó fuerzas, entregó la sonrisa más
hermosa que se había podido ver, y le alcanzó para conquistar a aquel andante
caballero.
Se
sintió niña en su transitar, mujer en su seducción, dedicándole todo a ese
amor.
Ella
se concentró en aquella figura del macho cabrío. Ese hombre precioso para su
gusto, la hacía sentir señora. Cada día que pasaba adoraba los ojos por su mirada,
los
labios por sus besos, las manos por sus caricias, y su cuerpo, por cuanto le
hacía sentir en su lecho de pasión.
Todo
lo entregó sin condición; su corazón fue sacado de su pecho; los pensamientos
por él fueron su razón de vida, y todo de ella se hizo él. Nada ni nadie podría
cambiar ese estado que llegó a sentir,
pero
nunca imaginó que todo lo que vivía, todo lo que sentía, en un instante de
aquel segundo preciso, ese caballero andante y hombre fatal le decía que no
podría seguir a su lado, porque otra mujer, sin saber por qué, había conquistado
ese amor que había tenido por ella.
Todo
se hizo oscuro, todo dejó de existir, la vida ya no valía. Dejó sus sueños en
un rincón, no comía para no seguir viviendo. Desaliñada y triste, levantaba ese
cuerpo maltrecho y golpeado. Miraba su piel desquebrajada, sus ojos fatigados
por no dormir, su pelo narraba desorden y su alma abatida por tanto dolor. Su
tiempo en años se había doblegado; no quería seguir viviendo. Las horas,
detenidas en agonías estúpidas, consumían su nostálgica belleza, porque los
tiempos creídos conquistados, fueron robados sin pedir permiso.
Por
esa mujer.
Orlando Mario Soverchia
martes, 14 de abril de 2026
Mujer de los recuerdos
¿Dónde estás, muchacha,
con tus jóvenes 50 años?
Tu imagen no se detiene
ante la vida, pero sí tu mirada.
Dejas que el tiempo
pase y lo sigues con mucha pasión.
Nada le pides ahora, ya
que mucho te ha quitado.
Y nada necesitas ahora,
más que nuevos amores tiernos.
Sueltas tus movimientos
y la fatiga para jugar con ellos.
Tus ojos están ahí, como
siempre, grandes y llenos de luz.
Tu corazón, pisoteado como
las hojas de otoño en la vereda de tu vida,
lo alejas de tus intentos
sensibles mal reconocidos.
Cada estado del tiempo,
muere una y otra vez, cuando ya no te veo.
Siento espacios muy
lejanos sin persistencia, logrando malos vientos.
Estoy a tu lado con mi
esperanza casi vencida, pero llega la vergüenza
que no me deja pensar
que todo fue real y no un sueño.
¿Cómo te siento en mis
brazos sin saber qué es lo que piensas?
Sin embargo, abrigo el
calor de tu cuerpo junto al mío,
y mis manos acariciando
tu cintura y tu piel, sintiendo
el erizo derramándose
por doquier y tu boca deja vencer
mi locura, que habla
para la nada y lo invisible del sentimiento.
Deja la sorpresa y la
confusión en mi mente ya reposada,
pero nada se aleja sin
que tu imagen y tus recuerdos
vuelvan a mí a cada
instante ante mi soledad,
y acompañen con tu
figura imaginaria las caricias del amor.
Orlando Mario Soverchia
miércoles, 8 de abril de 2026
Arrepentido
Sentado
en los sentimientos golpeados y marchitos,
tu
recuerdo emergió como un faro en la oscuridad.
Comencé
a deshojar los tiempos vividos y sentidos.
Muchos
quedaron sueltos por no querer tenerlos conmigo,
pero
sin darme cuenta, quedaste tú, mezclada en mis dedos.
Me
detuve en repasos piadosos… en los que he creído.
Lograste
quitarme la letanía de tantas épocas.
Hiciste
que mi alma se sienta mimada de tiernos momentos,
y
acosté tu cuerpo en la imaginación de volverte a tener.
Acaricié
tu figura con mis ojos llenos de lágrimas, por ser un pasado.
Canté
una canción de cuna de aquellos sueños que tuve a tu lado.
Imaginé
tus manos en mi pecho, de tantas noches vividas.
Recordé
la calidez de nuestra desnudez y las risas que escapaban
de
nuestros labios mientras nos fundíamos en un abrazo despreocupado.
Solo
eran nuestras vidas, juntos, alegres, deseosos.
Tus
besos caminaban mi espalda, mi boca mordía tus nalgas.
Hablé
con tu embrujo de mujer fatal y todavía me seducía.
Siento
tus pechos sobre mi piel, y tus pezones acarician mi ser.
Quiero
encontrarte de vuelta en mi soledad desesperada,
necesito
decirle a tu corazón que aún lo amo sin condición,
porque
ahora, en estos momentos de mis tiempos, estoy…arrepentido,
como
un náufrago aferrado a un recuerdo que se desvanece entre mis manos.
Orlando Mario Soverchia
Atardecer...
Estoy
erguido y desolado ante este día mutilado,
no
sabiendo qué hacer o dónde volcar mis penas.
Siento
mi alma solitaria y extraviada;
mirando
nada y todo, recuesto mis pensamientos.
Descansa
la imaginación en la lejanía de un horizonte apacible,
me
relajo mansamente confesando sentimientos magros.
mi
mente recorre el pasado y mi corazón extraña lo amado.
Se
entrecorta la mirada entre árboles remolones,
danzando
suavemente por los mimos de una tenue brisa.
Los
pájaros cantan sus sentimientos,
trayéndome
a mí aquellos momentos.
El
crepúsculo acariciando el final,
dejándome
solo y abandonado.
Grito mi silencio y nadie lo escucha,
canto
mi tristeza aburriendo a la audiencia.
Lentos
y perezosos corretean mis sueños,
recostados
en vagas esperanzas,
sintiéndome
dueño de amantes nostalgias.
Juegan
mis fantasías en aquella lejanía,
Revolcando
angustias en una bruma de suave llovizna.
El
día termina, dando vueltas en mi destino evoco
lo vivido.
Eludo
el presente y alejo el futuro
Cuando
me acongoja este atardecer injusto.
Deseo
ser libre en la penumbra de esta tarde envejecida
y
sentir en mi rostro caricias de un creciente día.
Los
deseos y vergüenzas se abrazan sin razonar,
cuando
el delirio de mi imaginación cae rendido
en
este atormentado atardecer pasional.
Orlando Mario Soverchia
jueves, 2 de abril de 2026
Alfombrado de papel
Aquella mañana, este joven adulto amaneció en
un estado emocional que él mismo sintió diferente. No coordinaba sus
decisiones; por momentos hacía una cosa, luego la dejaba. Se preparaba el
desayuno, anotaba tareas para hacer durante el día… todo de una manera
apresurada y nada completaba. Estaba pendiente, también, de lo que hacía su
esposa, que aún no se levantaba. En un intento de tantas idas y vueltas, quiso
ir a ver dónde estaba o por qué demoraba.
Ella trabajaba en la oficina de una empresa;
él era un trabajador cuentapropista de restauración e inmobiliaria. Como todas
las mañanas su esposa, casi sin tiempo, ya adelantaba por teléfono los
proyectos y conversaciones con compañeros de trabajo o su jefe. Era un “buen
día” apurado, y un beso de paso en la mejilla, casi por costumbre; él se sentía
un mueble más de la casa, alguien a quien ella esquivaba para no tropezar.
Sentado en la barra de la cocina, la esperaba con el desayuno para hablar dos
palabras, pero su esposa, sin prestarle mucha atención y bebiendo mientras daba
vueltas por la casa, le respondía a las apuradas, entrecortando la charla con
las llamadas de sus colaboradores. Él más no pudo hacer; así que, con cierto
enojo, balbuceó palabras truncas. Quedando solo tras el saludo de rutina, el
silencio lo acompañó hasta terminar de acomodar todo lo preparado para esa
pequeña reunión que casi nunca se podía concretar.
Los dos formaban una linda pareja: elegantes,
agradables en todos los sentidos. Pero tras lo que parecía normal, algo
empezaba a tramarse en el interior del joven esposo. Empezaron las dudas por la
poca atención de su mujer, por las horas de irse y las de llegar. Comenzó a
crecer en él algo que desconocía, que lo hacía sentir incómodo, turbado,
impaciente y hasta afligido por lo que pasaba en la relación. Salió de su casa
para ir al trabajo y, a las pocas cuadras, vio el auto de su esposa; ella
hablaba con otra persona, muy exacerbada. En un primer momento quiso detenerse,
pero algo le hizo cambiar la decisión —tal vez eran problemas del trabajo— y
siguió su camino observando por el espejo retrovisor.
Ese momento fue el que despertó una mala
sensación, un estado que lo volvió inseguro y vulnerable. Ya no era igual. Lo
que antes parecía automatismo, empezó a ser una angustia que no quería
enfrentar; no tenía la valentía de saber cuál era la verdad. Pero cada vez era
más oscuro para él. Parecía que ella estaba en otra relación y él, que la amaba
con un amor noble y sin manchas, no quería lastimar su corazón por una duda o
una inseguridad de su pasado.
Buscó formas de hablarle con simpleza y con
sinceridad, pero pesaba la incertidumbre y el dolor que sentía padecer. Tomó la
decisión de no decirle nada; de frente, no sentía las fuerzas de escuchar el
relato. Pasaron los días. En su cabeza, en su corazón y en su razón, lo único
que sentía era el silencio de los precipitados gritos por la verdadera razón.
Su delicadeza por cuidarla y no lastimarla por error lo hizo callar,
profundizando su gran tristeza. Fue entonces que, al llegar a su casa, tomó un
fibrón de su trabajo y unos papeles que tenía para decoración; los cortó
desparejos, casi como pergaminos.
Escribió cada uno como un camino a la verdad
—o su verdad, o la verdadera verdad—. Los fue poniendo desde la puerta,
separados unos de otros a una distancia relativa para que ella los fuera
encontrando. Los relatos y las confesiones fueron perfectamente escritos de
acuerdo a lo que él vivió; nada dejó por narrar, incluso lo que sintió mientras
lo hacía.
Su esposa llegó, como siempre, muy avanzada la
noche. Encontró ese alfombrado de papeles; se detuvo asombrada y, lentamente,
los fue levantando. Lo más impactante fue que, al llegar a los dos últimos
pergaminos, divisó a su esposo recostado de costado, abrazado a algo que no se
podía ver bien. Él dormía con la habitación a media luz. Su esposa se había
detenido, perpleja, sin saber cómo avanzar; pero la intriga la superó. Prendió
las luces para ver mejor y se encontró con una cruel y desgarradora escena: su
esposo, que la quería hasta morir, había intentado desgarrar su pecho y
arrancarse su corazón. El último pergamino que estaba a su lado, manchado por
la sangre, decía:
—Nunca quise saber cuál era tu verdadera vida
o lo que tú querías de la mía. Pero la mejor forma de demostrarte todo lo que
representabas para mí, era dejarte mi corazón… porque siempre fue tuyo.
lunes, 16 de marzo de 2026
Buenas tardes, buen fin de semana... y llueve. Estiro
mis suspiros con cansancio de sequedad en mi corazón; mis manos no tienen una
piel para tocar, mis labios no encuentran una boca para humedecer, mis ojos no
ven figura de amor donde reposar. Y, sin saber por qué, sigo pensando que estoy
en ese lugar; solo que no puedo saber por qué no aparece, por qué tendría que
estar conmigo esa mujer que tanto quiero amar.
Orlando Mario Soverchia
derechos reservados
La crueldad del silencio
¿Te quise alguna vez?
Mucho y siempre.
¿Me quisiste en algún momento?
No escucho, tu mudez me está
respondiendo.
Tal vez sientas dolor en tu
voz,
o solo no puedes o no quieres
hablar.
¿Qué sucedió con tus gestos de
amor
y qué confusión te llevó a
ultrajar mi conciencia?
Quisiera encontrar razones
piadosas,
o entender algún malestar.
Tallaste los sentimientos con
gubias desafiladas,
lastimando la madera del
corazón,
y no ensayaste mejorar el arte
de amar.
¿Pero sabes qué?
Prefiero no hacer más
preguntas, porque en verdad
no tengo ganas de escuchar
las crueldades de este
silencio.
Orlando Mario Soverchia
domingo, 22 de febrero de 2026
NO ME DEJASTE… ME EMPUJASTE HASTA QUE ENTENDÍ QUE MERECÍA MÁS
sábado, 31 de enero de 2026
Mujer
bella y delicada en su ser, todo tenía en su vida y en su andar. A su favor
estaba todo lo más lindo de su existencia; derrochaba alegría sin querer. Sentía
su mundo libre para vivir, pero los sentimientos, sin saber por qué, un día sintieron
el llamado de otra realidad.
Aquel
hombre, floreció de un abrir y cerrar de ojos, colmó su alma, extravió su
mirada por sentirse impactada. Toda en ella se convirtió en una sinfonía de
suspiros. Quiso hacer su saludo, y solo un simple “hola” fue su accionar. Sintió
que era el sentimiento por el que pensar; juntó fuerzas, entregó la sonrisa más
hermosa que se había podido ver, y le alcanzó para conquistar a aquel andante
caballero.
Se
sintió niña en su transitar, mujer en su seducción, dedicándole todo a ese
amor.
Ella
se concentró en aquella figura del macho cabrío. Ese hombre precioso para su
gusto, la hacía sentir señora. Cada día que pasaba adoraba los ojos por su mirada,
los
labios por sus besos, las manos por sus caricias, y su cuerpo, por cuanto le
hacía sentir en su lecho de pasión.
Todo
lo entregó sin condición; su corazón fue sacado de su pecho; los pensamientos
por él fueron su razón de vida, y todo de ella se hizo él. Nada ni nadie podría
cambiar ese estado que llegó a sentir,
pero
nunca imaginó que todo lo que vivía, todo lo que sentía, en un instante de
aquel segundo preciso, ese caballero andante y hombre fatal le decía que no
podría seguir a su lado, porque otra mujer, sin saber por qué, había conquistado
ese amor que había tenido por ella.
Todo
se hizo oscuro, todo dejó de existir, la vida ya no valía. Dejó sus sueños en
un rincón, no comía para no seguir viviendo. Desaliñada y triste, levantaba ese
cuerpo maltrecho y golpeado. Miraba su piel desquebrajada, sus ojos fatigados
por no dormir, su pelo narraba desorden y su alma abatida por tanto dolor. Su
tiempo en años se había doblegado; no quería seguir viviendo. Las horas,
detenidas en agonías estúpidas, consumían su nostálgica belleza, porque los
tiempos creídos conquistados, fueron robados sin pedir permiso.
Por
esa mujer.
Orlando
Mario Soverchia 16/9/23
*
viernes, 30 de enero de 2026
No florece
Llueve, y estiro
mis suspiros con el cansancio de la sequedad en mi corazón.
Mis manos no tienen
una piel para tocar.
Mi boca no encuentra
unos labios para humedecer.
Mis ojos no ven una
figura de amor donde reposar.
Pero sigo inventando
estar en ese lugar.
No puedo saber por
qué no florece como una bella flor.
Por qué no puedo
ver ese capullo que tanto quiero amar.
Si tan solo es dar
todo lo que mi alma pide con sumisión y pasión.
Debe ser un pecado
sin perdón no poder dejar de pensar.
Y renunciar a mis ganas
de enamorarme.
Orlando Mario Soverchia
martes, 13 de enero de 2026
Existencia confusa
Mi cuerpo lo percibo presente entre nubes y espacios
no descifrados.
Camino en mi casa sin puertas, sin paredes, sin techo;
como estar flotando en la nada de mi propia existencia, y con las ilusiones de
todo ser humano; pero no lo pienso así. El recorrido es frágil, incómodo,
sobrecargado. Siento que cada mañana al despertar, la vida me toma de la mano y
obligatoriamente tengo que empezar a transitarla. Y como ella misma se
autodenomina: difícil, complicada, sabiendo que tiene caminos y veredas de
ambos lados que no son iguales y no siempre se puede llegar de la misma manera.
Es donde mi cerebro se siente débil y perturbado por tener que elegir el rumbo
a seguir.
Me grita con sus voces y ecos de mi propia reflexión.
Tengo las ideas claras de que estoy en un mundo de bufones y titiriteros que
juegan para alegrarme y suplir las horas de estancamiento en mis sentidos. Todo
se confunde con el maltrato personal y el juicio incondicional del bienestar,
para avanzar.
Pero llega tétrica y silenciosa, pero no menos
bulliciosa: que es la noche. Ella me espera con ternura y apacigua a mis
estados, abre sus brazos, me acobija como un niño indefenso. Pero de a poco voy
percibiendo que me va abrazando y apretando cada vez un poco más; y es aquí
cuando su rostro oscuro y enojado me toma de la mano y me obliga a seguirla sin
condición y a tener los ojos abiertos, el corazón latiendo y las pulsaciones
que se aceleran para hacerme agitar y abandonar el propósito de estar en mi
descanso; para convertirlo en una montaña rusa de vértigos, pánicos, risas
turbias y confundidas, esperando llegar al fin del recorrido de esas noches tan
cortas de seis o siete horas , que se hacen penosas y pesadas, hasta sentir el
silencioso llanto del dolor en mi cansado corazón.
sábado, 10 de enero de 2026
Arrepentido
Sentado en los sentimientos
golpeados y marchitos,
tu recuerdo emergió como un
faro en la oscuridad.
Comencé a desojar los tiempos
vividos y sentidos.
Muchos quedaron sueltos por no
querer tenerlos conmigo,
pero sin darme cuenta,
quedaste tú, mezclada en mis dedos
me detuve en repasos piadosos…
en los que he creído,
Lograste sacarme la letanía,
de tantas épocas.
Hiciste que mi alma se sienta
mimada de tiernos momentos,
y acosté tu cuerpo en la
imaginación de volverte a tener.
Acaricié tu figura con mis
ojos llenos de lágrimas, por ser un pasado.
Canté una canción de cuna, de
aquellos sueños que tuve a tu lado,
Imaginé tus manos en mi pecho,
de tantas noches vividas.
Recordé la calidez de nuestra
denudes y las risas que escapaban
de nuestros labios mientras
nos fundíamos en un abrazo despreocupado.
Solo eran nuestras vidas,
juntos, alegres, deseosos.
Tus besos caminaban mi espalda,
mi boca mordía tus nalgas.
Hablé con tu embrujo de mujer
fatal y todavía me seducía.
Siento tus pechos sobre mi
piel, y tus pezones acarician mi ser.
Quiero encontrarte de vuelta
en mi soledad desesperada,
necesito decirle a tu corazón,
que aún lo amo sin condición,
porque ahora en estos momentos
de mis tiempos estoy…arrepentido,
como un náufrago aferrado a un
recuerdo que se desvanece entre mis manos.
Orlando Mario Soverchia
miércoles, 31 de diciembre de 2025
Buenos días, buenas tardes, buenas noches a todos; de acuerdo al momento que me lean. Hace unos días que no estoy en las redes sociales debido a un problema de salud, donde estoy en recuperación. Y por un inconveniente de fraude que me ha tocado, por culpa mía. Pero quise entrar para saludarlos a todos. Desearles PAZ, porque, como siempre digo, con ella, TODO SE LOGRA. ASÍ QUE LES DEJO UN ESCRITO PARA ESTAR PRESENTE EN ESTE 2026.
jueves, 4 de diciembre de 2025
SEDA Y AUSENCIA
Otra vez te soñé, como tantas noches en mi
cama. Sentí tu perfume en mi almohada. Acaricié las sábanas y solo la seda está
en mis palmas.
Respiré muy profundo, sentí añoranza de tu
ser. Distraje mi mente en cada momento que he pasado a tu lado.
Sentí amor, pensé en la felicidad. Atrapé
tus labios al morderlos, jugué con ellos y tu sonrisa era cómplice de aquel
juego.
Melodías de pasión revoloteaban en el
ambiente. Las palabras no existían, solo suspiros cuando los cuerpos hablaban
entre sí.
Me dejé llevar por tu armonía; mi corazón
dialogaba con mi conciencia y mis sentimientos. Todo se enlazaba como las manos.
Otra vez te soñé, te traje a mí, me hice
hombre al pensarte. Tus caricias… ya están en mí, tu voz me acurruca a tu lado.
Mis sentidos, abrigados, advertidos,
extrañados, se sumergen en ese especial simulacro de locura.
Tantas noches has jugado con mis manos, tantas
has sentido mis caricias y otras mis deseos.
Solo te necesito a mi lado, quiero saber de
tu estado. No puedo sentir tu lejanía, ni quiero imaginar si te perdería.
Soy tuyo, solo tuyo, nada comparto: ni mis
palabras, ni mis besos, ni mis suspiros al verte.
Soy un soñador de tu belleza, y la noche es
mi preferida, porque es cuando eres toda mía.
Los sueños, sueños son; pero estos son tan
reales que nada cambiaría ese instante de soledad.
En el sueño, todo es alegría. Nada me
detiene a ser feliz, todo es colorido y brillo.
Y es cuando tus ojos aparecen frente a mí.
Siento tu mirada muy profunda, me miras
fijamente, me dices que me quieres… ¡y ya todo es locura! Nada importa en mi
vida cuando veo tu figura junto a la mía.
Orlando Mario Soverchia- YoAmor










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