Existencia confusa
Mi cuerpo lo percibo presente entre nubes y espacios
no descifrados.
Camino en mi casa sin puertas, sin paredes, sin techo;
como estar flotando en la nada de mi propia existencia, y con las ilusiones de
todo ser humano; pero no lo pienso así. El recorrido es frágil, incómodo,
sobrecargado. Siento que cada mañana al despertar, la vida me toma de la mano y
obligatoriamente tengo que empezar a transitarla. Y como ella misma se
autodenomina: difícil, complicada, sabiendo que tiene caminos y veredas de
ambos lados que no son iguales y no siempre se puede llegar de la misma manera.
Es donde mi cerebro se siente débil y perturbado por tener que elegir el rumbo
a seguir.
Me grita con sus voces y ecos de mi propia reflexión.
Tengo las ideas claras de que estoy en un mundo de bufones y titiriteros que
juegan para alegrarme y suplir las horas de estancamiento en mis sentidos. Todo
se confunde con el maltrato personal y el juicio incondicional del bienestar,
para avanzar.
Pero llega tétrica y silenciosa, pero no menos
bulliciosa: que es la noche. Ella me espera con ternura y apacigua a mis
estados, abre sus brazos, me acobija como un niño indefenso. Pero de a poco voy
percibiendo que me va abrazando y apretando cada vez un poco más; y es aquí
cuando su rostro oscuro y enojado me toma de la mano y me obliga a seguirla sin
condición y a tener los ojos abiertos, el corazón latiendo y las pulsaciones
que se aceleran para hacerme agitar y abandonar el propósito de estar en mi
descanso; para convertirlo en una montaña rusa de vértigos, pánicos, risas
turbias y confundidas, esperando llegar al fin del recorrido de esas noches tan
cortas de seis o siete horas , que se hacen penosas y pesadas, hasta sentir el
silencioso llanto del dolor en mi cansado corazón.




.jpg)





.jpg)