domingo, 4 de marzo de 2018


                                        DOLOR DE UN MOMENTO


Aquella noche, un llamado llego a mí, alegre y sorprendido  vi que era ella, sentí preocupación por la hora, era tarde, atendí y su voz tensa y firme, me dijo.- Quiero hablar contigo y ahora.- No me dejó decir nada, solo que volvió a repetir lo mismo y hasta casi fastidiada. Le dije que ya iría a su casa, pero me respondió muy rápidamente.- No, no, te espero en el bar de siempre.-
La distancia no era de mucho tiempo, pero a mí, se me alargó una eternidad. Entré, ella estaba en una mesa muy alejada de todos, pero con muy poca gente. Nerviosa, me miró casi desinteresadamente con una falsa sonrisa, quise acercarme para darle un beso, pero su mejilla se alejó con desprecio.- Hola, te llamé porque tengo algo que decirte y hace un tiempo largo que debí decírtelo.- Dejé mi expresión tierna y mi rostro se tornó tenso y preocupado, nada entendía, pero por su mirada y sus manos temblorosas me decían que algo no estaba bien. Con una intención calma, le pedí que me cuente, y fue que en ese instante empezó el pánico del dolor.
-Tengo que decirte que… Estoy con otro hombre hace casi un año y me voy a casar.- me sonreí con sorpresa y confundido a la espera de la risa de una broma, pero nada cambiaba, ella muy sería y con los ojos fijos a los míos, me gritaban que era verdad. Me sentí un niño tonto y desamparado, por tanta barbarie para mi querer, pero el derramamiento de mis sentimientos, estaban en ese lugar y mi amor desangraba no pudiendo contener aquel estado. Mi mente se extravió, mis oídos se cerraron al poco movimiento de ese lugar, y mis ojos tristes con las primeras lágrimas hacían que se valla nublando la imagen de esa cruel mujer.
Sin pensar en nada de lo que me había confesado, recordé a mi madre por sentirme tan infante de mi alma y tan inocente, por haberle dado esos años sin condición y sin pensar en otra cosa que hacerla feliz, como yo me sentía con ella, pero la vida me apuñaló una y otra vez, sin pedir permiso y sin dejarme defender de aquella traición. Giré mi cuerpo herido, dolido y maltrecho, avergonzado con mi conciencia y sin poder convencerme de lo que había pasado, salí de aquel cepo de tortura, llegué a la calle solitaria, llena de risas de fantasmas burlones, que me acompañaron hasta aquel banco de una plaza y sin luz. Y ese lugar fue testigo de mi grito desgarrador de un.. No!… y desde ese día estoy muriendo con mi vida.

                                     Orlando Mario Soverchia- YoAmor

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